14 de septiembre de 2008

¿Qué es una fiesta?

Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas
«Donde el amor se alegra, ahí hay una fiesta»
(Crisóstomo)


El texto que presento a continuación corresponde a Josef Pieper, quien realiza una reflexión sobre: la fiesta. Pieper lleva al lector a la comprensión del significado de una fiesta desde una perspectiva que engloba una visión tradicional del mundo, tradicional no en el sentido de algo pasado que ha sido superado, sino en el sentido primigenio, es cierto, el sistema capitalista ha destruido, ha deformado y alterado todas las hechos o formas vitales del ser humano actual, la visión economicista del mundo, de los seres humanos y sus relaciones sociales, ha destruido lazos vitales y espirituales.


* * *

Un impaciente diría: ¡Vamos! ¿No sabe ya todo el mundo lo que es una fiesta?. Y no le faltaría algo de razón al hablar así. «Yo solamente lo sé mientras nadie me lo pregunte; en cuanto intento explicárselo a alguien que me interroga, ya no lo sé.» Esta frase de las Confesiones de Agustín expresa con exactitud nuestra dificultad, aunque en su contexto propio no se refiera al concepto de fiesta. Se trata de formular en palabras precisas lo que todos sabemos ya y damos a entender en nuestro lenguaje común. Hoy en día somos «interrogados» con insistencia no sólo acerca de lo que es una fiesta, sino aún más sobre los prerrequisitos humanos de su realización.

«Lo difícil no es celebrar una fiesta, sino encontrar quienes se alegren con ella.» El hombre que hace ya casi un siglo anotaba esta idea era Friedrich Nietzsche; lo genial en él reside, como una vez más se pone aquí de relieve, en una extremada sensibilidad para lo que se revela de modo encubierto. La frase citada significa que la fiesta se halla en vías de hacerse imposible, pues resulta bien claro que no por «poderse celebrar» ya se convierte una fiesta en fiesta.

Pero «celebrar una fiesta» ¿no es lo mismo que «concederse un día bueno»?. Y ¿no lo entendemos todos así?. Todos también debemos estar dispuestos a responder a otra serie de preguntas algo más profundas: ¿Qué es «un día bueno»?; ¿existe tal cosa?; ¿no será acaso el día de trabajo el único «día bueno»?.

Nadie puede dar una respuesta a esas preguntas sin una concepción precisa del hombre. Lo que está sobre el tapete es la consumación de la existencia humana y en qué forma ha de realizarse. Es inevitable, pues, que entre en juego la idea que uno tiene del «último destino» del hombre, llámese «vida eterna», «bienaventuranza», «paraíso», etc. Como bien sabemos, nuestra tradición designa este fin supremo y consumación de la existencia humana por el nombre de visio beatifica, «visión beatífica» o, en otras palabras, «contemplación dichosa». Ello quiere decir que el grado más alto a que puede llegar nuestra existencia, la perfección pura y simple de nuestro hacer vital, la satisfacción definitiva de todo deseo y la participación sin reservas en la plenitud de vida adoptan la forma de visión; o, por expresarlo más exactamente, que todo eso se realiza en la percepción contemplativa de la causa primera y divina del mundo.

Por lo demás, la tradición general a este respecto se remonta a épocas mucho más lejanas que las del cristianismo e incluso, con bastante probabilidad, a tiempos prehistóricos. Algunas generaciones antes de Platón, el griego Anaxágoras respondía así a quienes le preguntaban para qué había nacido: «Para contemplar.» En el Banquete platónico, Diotima se expresa en palabras bien claras acerca del concepto de visión beatífica: «Si la vida vale para el hombre la pena de ser vivida, es porque puede contemplar la belleza divina y, de esta suerte, alcanzar la inmortalidad».

Mas no se trata aquí únicamente de escatología, no sólo se dice algo sobre la plenitud final de la existencia «en el más allá». Se habla también, al propio tiempo, del hombre corporal e histórico, afirmando que por naturaleza aspira a ver, encontrando en ello su reposo. También en su existencia terrena la suprema felicidad humana adquiere la forma de visión, de contemplación. «Preferimos ver a toda otra cosa.» Así reza una de las primeras sentencias de la Metafísica de Aristóteles. Y Pierre Teilhard de Chardin se sitúa en la misma tradición cuando, en su memorable y sorprendente prólogo al libro El fenómeno humano, que lleva por título Ver, declara que toda la vida viene a contenerse en la visión y que toda la historia del cosmos se reduce a «la elaboración de ojos cada vez más perfectos».

De ahí debemos concluir que en el concepto de fiesta entra por necesidad algún elemento de contemplación. Ésta no se entiende como esfuerzo de una mente argumentadora, sino como «simple mirar» de la razón; no como inquietud del pensamiento, sino como descanso de la vista interior en aquello que se le descubre. Aquí se relaja la tensión de una mirada sin la cual no es posible lograr nada práctico. El campo visual se amplía, desaparece la preocupación por el éxito o fracaso de nuestro obrar y el alma se toma hacia su objeto infinito, percibiendo el grandioso horizonte de la realidad, que nunca podrá recorrer por entero.

La pura diversión, el «jaleo», no hace la fiesta; en cambio puede muy bien echarla a perder. Esto no significa, ni mucho menos, que la fiesta sea sólo contemplación y recogimiento, lo cual iría en contra de toda nuestra experiencia. A pesar de ello, nos mantenemos firmes en la convicción de que, para celebrar genuinamente una fiesta, es preciso sazonarla con esta particular especia: una actitud de espera, con los ojos bien abiertos para mirar a través y, por decirlo así, «al otro lado» de lo que a ellos se ofrece de modo inmediato aun en lo propiamente «festivo» de la celebración; un espacio de reflexión silenciosa en lo más hondo de uno mismo, para poder «oír».

La oposición entre día festivo y día laborable o, por mejor decir, el concepto de «día de descanso» nos aporta algunos datos más sobre la esencia de la fiesta. Ese descanso no es solamente una pausa «neutral» que vendría a insertarse como un eslabón en la cadena del tiempo de trabajo. Representa también una «pérdida» de productividad. Cuando asentimos al reposo de un día festivo y lo llevamos a efecto, renunciamos al rendimiento de una jornada de trabajo. Y precisamente esta renuncia se ha considerado siempre como un elemento esencial de la fiesta. Un determinado lapso de tiempo útil pasa a ser, según lo entendía la antigua Roma, «propiedad exclusiva de los dioses». Al igual que se separa del rebaño una res para destinarla al sacrificio, se entresaca un espacio de tiempo disponible sustrayéndolo a todo «aprovechamiento». Así, este descanso denota no sólo cesación del trabajo, sino también ofrenda de una parte de la productividad. No se da en él una mera ausencia de provecho; es algo parecido a un sacrificio y, por tanto, lo más opuesto que cabe imaginar a toda noción de provecho. En esto último se nos revela de manera inopinada un nuevo aspecto del día festivo: la fiesta es esencialmente un fenómeno de riqueza; no de dinero, sino de una riqueza existencial. A su idiosincrasia pertenece el no contar ni calcular, y aun el derroche.

Por supuesto, se echa de ver aquí también el peligro de que la fiesta degenere en una insensata y excesiva disipación del producto del trabajo, por ejemplo cuando se dilapida y malgasta en un solo día lo ganado con esfuerzo durante todo el año. Se trata de algo bien real, como ya sabemos. Con razón puede decirse que en cada fiesta hay «por lo menos un germen de exceso». Pero definir la fiesta como le paroxysme de la société, como inmersión en el caos «creador», es no acertar el núcleo de la cuestión.

Esto es válido de todos modos; el dominio exclusivo de una mente calculadora o comercial imposibilita no sólo cualquier desbordamiento, sino la fiesta misma. Las formas de ostentación que se dan en el mundo del trabajo están calculadas y, por ello, nada tienen de festivo. La plétora de luces que adornan nuestros comercios en época de Navidad no deja de ser, en definitiva, un lujo mezquino, sin verdadero «brillo». Aquí viene bien a cuento el certero comentario de G.K. Chesterton a propósito de los anuncios luminosos de Times Square, en la nocturna Nueva York: «¡Qué cosa tan magnífica para quien tuviera la suerte de no saber leer!».

Naturalmente, tampoco puede uno pensar que haya que realizar todo acto de renuncia y ofrenda, por decirlo así al tuntún. Al fin y al cabo, la expresión «tiempo precioso», cuando nos referimos al tiempo de trabajo, no es un vano formalismo, sino algo en extremo significativo. ¿Cómo, pues, se le puede ocurrir a alguien sacrificar sin una razón bien plausible eso que le es precioso?. Si profundizamos un poco en los motivos de tal conducta, nos sorprenderá el descubrimiento de una notable analogía con el otro aspecto del descanso, el aspecto contemplativo de que antes hablábamos. Así como el logro de la contemplación, por ser ésta visión de lo que se ama, presupone cierto vínculo no sólo intelectual sino directamente existencial con la realidad, una armonía íntima del hombre con el mundo y consigo mismo, así también el acto de la libre ofrenda únicamente puede esperarse si a su vez brota de una conformidad radical con la creación visible, asentimiento difícil de designar, como ya decíamos, por otro nombre que el de «amor». Nadie renuncia a algo si no es por amor.

Nuestra alérgica sensibilidad a las palabras grandilocuentes nos impide, quizá referirnos a la fiesta como a un «día de regocijo» o «de alegría». Sin embargo, no le llevaríamos la contraria a quien, en términos más modestos, la calificara al menos de «cosa halagüeña». Una fiesta es, en efecto, un día en que los hombres se alegran. Ahora bien, la alegría es algo subordinado, secundario. La apetencia de alegría no es más que el deseo de tener motivo y ocasión para alegrarse. Ese motivo, si existe, viene antes que la alegría y es distinto de ella. El motivo es lo primero, la alegría lo segundo. Aunque el motivo para alegrarse revista un sinnúmero de formas concretas, en el fondo es siempre el mismo: que uno recibe o posee lo que ama, ya de una manera real, ya esperada o evocada. La alegría es amor exteriorizado. Quien nada ni a nadie ama no puede alegrarse de veras, por desesperadamente que lo ansíe. La alegría resulta de que a alguien que ama le toca en suerte la cosa o persona amada. La estructura interna de la auténtica fiesta aparece formulada del modo más claro y conciso en esta incomparable sentencia del Crisóstomo:
Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas, «Donde el amor se alegra, ahí hay una fiesta». Ahondando todavía un poco más en el tema, podemos preguntarnos cuál habrá de ser exactamente la índole de ese motivo que posibilita la alegría de la fiesta y, por tanto, la propia fiesta. Caeríamos en un necio simplismo pretendiendo que meras «ideas» puedan dar pie a la celebración de una verdadera fiesta. Para ello se necesita algo más: al que la celebra, a él mismo, debe acontecerle algo real. Ni siquiera la idea de la libertad apasionaría por sí sola a los hombres hasta el punto de incitarles a celebrar una fiesta. Más bien lo lograría el hecho concreto de ser liberado, con tal que ese suceso, si sucedió hace tiempo, tenga una actualidad real en el día de la fiesta. Lo pasado no puede festejarse a menos que la conciencia existencial de la colectividad que lo celebra se sienta así de algún modo ennoblecida y realzada, no en una pura reflexión histórica, sino en virtud de una realidad que continúa influyendo históricamente. Si la encarnación de Dios deja de entenderse como acontecimiento que interviene de modo directo e inmediato en la existencia presente del hombre, en esa medida será imposible y aun absurdo festejar la navidad.

Josef Andreas Jungmann declaraba no hace mucho que la fiesta como institución es algo derivado, mientras que su «forma original» se da en la celebración inmediata de un suceso concreto; nacimiento, boda, regreso, etc. Mas ¿podría de veras festejar el nacimiento de un niño quien estuviera de acuerdo con Jean-Paul Sartre en que «es absurdo que nazcamos...»?. El que en serio piense que «todo nuestro ser es algo que haría mejor en no ser» no está en condiciones de «celebrar» ningún nacimiento como tampoco un cumpleaños, ni a los cincuenta ni a los setenta, ni el suyo propio ni el de otros. Así pues, no basta por sí solo un «suceso concreto» para motivar una fiesta, a no ser que... Sí, en este «a no ser que...» está la clave.

Ello nos remite de nuevo a ese «fundamento de los fundamentos» en virtud del cual los «sucesos concretos» (nacer, casarse, regresar...) se experimentan como recepción de algo que se ama y sin el cual no hay ni alegría ni fiesta. Tal es también la opinión de Nietzsche, expresada con toda claridad y «forjada en el dolor», es decir, como fruto de terribles experiencias íntimas donde la desesperación de no poder «alegrarse suficientemente de nada» le resultaba tan familiar como «el decir a todo "sí" y "amén"». La formulación definitiva de este pensamiento se encuentra en sus notas póstumas: «Para alegrarse de algo es preciso aprobarlo todo».

Cualquier alegría festiva nacida de un hecho concreto se basa necesariamente en una aprobación universal, un asentimiento al mundo en bloque, tanto a la realidad de las cosas como a la existencia misma del hombre. Éste no puede experimentar el gozo particular de la posesión de lo amado si el mundo entero y la existencia como tal no son para él también algo «bueno» y «digno de amor».

¿Será necesario recalcar que la aprobación de que aquí hablamos tiene muy poco que ver con un optimismo de fachada o aun con la apacible acogida de puros hechos?. No debemos entenderla como si procediera de una abstracción de lo que hay de negativo en el mundo; más bien sería oportuno decir que lo serio de esa aprobación radica precisamente en su enfrentamiento con el mal histórico. Su carácter es tal que puede llegar a exigir el martirio, llevado hasta la suprema reducción al silencio bajo la férula de un poder asesino. Al interpretar teológicamente el Apocalipsis se ha dicho que lo específico del mártir cristiano es que de sus labios no brota ni una sola palabra en contra de la creación divina; pese a lo que le sucede, encuentra «muy bueno» todo lo existente; por tanto, es aún capaz de alegrarse y, en lo que de él depende, de celebrar una fiesta. Quien al contrario, por bien que le vayan las cosas, niega su aprobación a la realidad como tal, no conoce ni lo uno ni lo otro. Para este hombre no hay fiesta posible. Y cuanto más dinero posea o, sobre todo, de más tiempo libre disponga, tanto mayor será su desesperación ante esa imposibilidad. La fiesta vive de la afirmación. Si solemnidades como un funeral, el día de difuntos o el viernes santo pueden considerarse como fiestas, es por la certeza íntima de que el mundo y
la existencia en conjunto están en equilibrio. Si faltara un «consuelo», el concepto de «celebrar
funerales» sería contradictorio y absurdo en sí mismo. Y ¿qué es el consuelo sino una forma de alegría, eso sí, la más silenciosa?.

Ha llegado el momento, creemos, de corregir la equiparación que suele hacerse de los conceptos «festivo» y «alegre». Sigue siendo cierto que la fiesta sólo adquiere su auténtico carácter cuando el hombre sanciona con su alegría la bondad del ser. Quizá en ninguna ocasión se nos manifieste esa bondad tan claramente y con fuerza tan emotiva como en el brusco trastorno que experimentamos ante una pérdida o una muerte. No de otro modo se entiende el famoso dístico de Hölderlin (a propósito de la Antígona de Sófocles): «Muchos intentaron en vano decir con alegría lo más alegre / Y por fin a mí se me declara, aquí mismo, en el dolor».

No es pues de extrañar que resulte arduo reconocer ambas cosas, la conformidad y disconformidad con lo existente, tanto a los ojos del observador externo romo, acaso también, a los de la propia conciencia.

3 de septiembre de 2008

HACER EL AMOR: ARNAUD DESJARDINS



En el plano de los valores espirituales, o simplemente humanos, nuestra pretendida civilización representa una degeneración que no podríamos reconocer más que tomando cierta distancia respecto a ella. Esto me ha sido posible gracias a largas estadías que he realizado en Afganistán, en la India, Bután y entre los refugiados tibetanos del Himalaya.

La superficialidad de la existencia en el seno del mundo contemporáneo se manifiesta en la vida profesional con la desaparición progresiva de la artesanía, que era a la vez un modo de expresión personal y una vía de crecimiento interior. Esto es evidente en los ratos libres, en los que las distracciones que se dirigen a las emociones pasajeras han reemplazado a las fiestas tradicionales que alimentaban los más profundos sentimientos y constituían una verdadera recreación en el sentido activo y viviente del término. Pero es sobre todo en el dominio del sexo y del amor que la mediocridad moderna, vanamente disimulada tras el prestigio de victorias técnicas o científicas, aparece como la más lamentable y aún la más vergonzosa. Una actividad sagrada, símbolo sensible de principios metafísicos, que concierne y une a todos los niveles de la realidad y a todos los estados del ser, ha llegado a ser la manifestación desordenada de reacciones ciegas contra las convenciones y del conflicto de los egoísmos o de las neurosis. Sin embargo, el amor y la sexualidad tienen una importancia fundamental en la Vía espiritual.

En verdad todo está íntimamente relacionado. La pareja es un aspecto del conjunto de la existencia humana y se inscribe en una concepción de conjunto. Los Occidentales modernos toman por una evidencia la única concepción que conocen: la de la sociedad de consumo, fundada en la sugestión y en la hipertrofia de las necesidades egoístas. Del principio hasta el final de este libro hablo de un mundo y de una cultura completamente diferentes y que no podemos reducir a nuestro modo de pensamiento habituales. Si queremos otra existencia, alegrías nuevas, sentimientos superiores, una vida inmensamente más bella y rica que todo lo que hemos conocido, debemos aceptar que todos nuestros hábitos, nuestros prejuicios, nuestras certezas sean cuestionadas.

Para muchos Occidentales, inclusive ahora que la «liberación» sexual» está tan de moda, la idea de la Vía o de la perfección está asociada a la de la castidad. Con motivos diferentes pero concordantes, los monjes, monjas, ascetas, yoguis abandonan toda vida sexual normal. Digo normal, pues la energía sexual no por ello desaparece y, de una manera u otra, debe ser transformada y utilizada para otros fines.

Sin embargo existen por lo menos dos categorías de místicos que tienen una vida conyugal: los sufíes musulmanes y los lamas tibetanos «bonete rojo» (nyingma-pa). He conocido sufíes, e inclusive, excepcionalmente, me he encontrado con la mujer de algunos de ellos (aunque eran musulmanes no tenían más que una) He conocido a los sufíes nyingma-pa casados. No tenían nada que envidiar a los religiosos solteros, y formaban con su esposa parejas que darían ganas de casarse a los solteros más empedernidos. No obstante, la concepción, y aún, para algunos, la nostalgia de una trascendencia del sexo es justa, y la Vía, si es verdadera, lleva siempre a la libertad respecto a la sexualidad física. Apareciendo está en la pubertad, es decir, después de las otras funciones desaparecerá antes. Es un proceso natural. Hablo, por lo menos, de la vida sexual de ayuntamiento entre cuerpos adultos. En su sentido amplio el instinto sexual es el instinto de unión o de reunión. Este instinto se manifiesta como la necesidad de contacto físico y las sensaciones genitales, desde la pequeña infancia. Pero el deseo consciente de unión sexual, de coito, aparece en la pubertad. El niño y el adolescente viven, sienten, se expresan sin tener relaciones sexuales. El ser humano no puede vivir sin respirar pero puede vivir sin acoplarse. (El termino generalmente usado es el de unión sexual. Pero puede que haya acoplamiento sin que haya unión. Es incluso lo que ocurre casi siempre).

La oposición más o menos inconsciente de la sexualidad y la espiritualidad sigue muy extendida y firme. Es un problema negado y reprimido vanamente por numerosos hombres y mujeres que se comprometen con la Vía y que no aceptan completamente su vida sexual. Este malestar está enraizado en la educación (particularmente católica y protestante) o en traumatismos individuales. Y como es efectivamente cierto que los niveles más evolucionados del ser se acompañan de una superación de la sexualidad, esta verdad superior viene a mezclarse indebidamente a las represiones, inhibiciones, miedos y - una vez más- a las mentiras. La supresión de la función sexual puede hacerse por arriba o por abajo. Por arriba, es decir, por el completo desarrollo, la transformación, la trascendencia. Por abajo, es decir, por la represión, desviación y neurosis. El criterio de la distinción es inmediato: aquellos y aquellas en quienes la continencia, no es normal no pueden mirar libremente el problema y siempre se sienten incómodos para hablar de ello, o, al contrario, hablan demasiado y de una manera que nunca es natural. Además, manifiestan siempre, en por lo menos un campo de sus actividades, algo excesivo, exagerado, demasiado apasionado. Esta intensidad es inútil puede encontrarse en todas partes, en la política, arte, religión, trabajo y aún en el amor.

He escrito en el primer tomo de esta obra que no se puede pasar directamente de lo anormal a lo supranormal, y que es necesario ir de lo anormal a lo normal y de lo normal a lo supranormal. La definición más simples de lo supranormal es: suprafísica (los estados del ser independientes del cuerpo-mortal). La verdadera sexualidad y la perfección de la unión física conducen a niveles de consciencia que sobrepasan al cuerpo. Puesto que estos estados son la meta verdadera de la sexualidad, esta pierde su sentido cuando estos estados son alcanzados sin su soporte. Pero no puede pasarse de una sexualidad anormal (inhibición, frigidez, neurosis sexual) a la sexualidad supranormal. Por otro lado, jamás debería decirse anormal sexualmente sino simplemente anormal. Un ser unificado y armónico no tiene problemas sexuales, un ser capaz de amar verdadera, libremente, tampoco. Las perturbaciones de la sexualidad son la expresión de una perturbación profunda que se manifiesta, entre otras, en la vida sexual, pero que está íntimamente ligada al resto de la persona y de la existencia. La sexualidad es el signo exterior de la condición interior.

En cuanto a la pretendida liberación sexual de nuestra época, es una mera reacción ciega e inconsciente. No hay la más mínima libertad. La sexualidad no es sólo un aspecto esencial de toda existencia humana, sino también bajo una y otra forma una parte importante de la Vía espiritual. Es una actividad sagrada, que tiene una dimensión metafísica y que no debe realizarse de cualquier manera. Alcanzar la plenitud de la vida sexual es raro, muy raro. Eso es algo que se gana. También en este dominio hay muchos llamados y pocos elegidos.

Se lo quiera o no el sexo está en todas partes. Pero hay aún que entenderse sobre aquello que recubren las palabras. El genio de la psicología moderna, Sigmund Freud, ha creído por explicar todo por el sexo, y sus teorías todavía resisten asaltos violentos. Al extremo geográfico e histórico del mundo, el tantrismo reposa en sus divinidades en posición de unión sexual (yab-youm) y este simbolismo es esencial. La sexualidad es la energía manifestada fundamental. Toda la manifestación (lo que los cristianos llaman la Creación y los ateos el universo) está fundada en la dualidad, la bipolaridad en los duandras, «los pares opuestos», como dicen los hindúes. Desde hace milenios la Vía ha sido designada como «la unión de los contrarios» (es el sentido etimológico de la palabra sánscrita yoga) o la «reconciliación de los opuestos». Dualidad y No-Dualidad: toda la metafísica está contenida en estos dos términos. O aún: de Lo-Uno a lo múltiple y de lo múltiple a Lo-Uno, siendo la dualidad la primera forma de lo múltiple. No hay manifestación sin polos dinámico y estático, positivo y negativo, macho y hembra. La prisión de la cual el hombre puede liberarse es la distinción yo y no-yo. Lo repito: si hay dos, dos no pueden estar separados; si hay dos no puede no haber temor.

Por consiguiente. hay sexualidad, en sentido amplio, cada vez que dos elementos que se sienten como complementarios tratan de unirse. «Unirse», «unión», es decir, dejar de ser dos para llegar a ser uno. Acoplarse es asociarse a la vez que se sigue siendo dos; unirse es ser uno. Toda la manifestación es un intento ciego o consciente, torpe o hábil de retorno a la Unidad. A veces de manera loca o criminal, el ser humano busca sin cesar sobrepasar la asfixiante limitación de su individualidad. El solitario se siente uno con la naturaleza, el artista con el público, el enamorado con su enamorada. Desgraciadamente esta unidad casi siempre es un engaño. Es un engaño por que los seres humanos no son uno consigo mismos, están interiormente divididos, son contradictorios, y no pueden, de este modo, ser uno con nadie ni con nada.

La primera unión natural - pues la verdadera unidad es sobrenatural, suprafísica, consciente- es la del feto con su madre que lo forma. Pero el bebé tiene que ser querido, aceptado, llevado con alegría. El niño siente las emociones negativas de una madre que rechaza su embarazo, y quedará marcado para siempre. Pero la separación es ineluctable. Si la madre quiere a su recién nacido y se ocupa de él, y, sobre todo si lo amamanta existe entre ella y el una nueva unión que es casi perfecta. EL hombre conservará toda su vida la nostalgia inconsciente de esta unión, a menos que una verdadera educación - hoy tan escasa- lo ayude poco a poco a ser verdaderamente adulto, mejor dicho, independiente.

La madre y el niño son un símbolo de unión tan intenso y poderoso como el del acoplamiento sexual. Si los gompas tibetanos son ricos en pinturas murales, esculturas y thankas en las que figuran divinidades tántricas entrelazadas, las iglesias católicas nos ofrecen sus Vírgenes con el Niño. Pero siendo el acto sexual una experiencia de adulto, su recuerdo está menos olvidado y escondido en el inconsciente que el amor y el contacto físico que une al bebé y a la madre y su simbolismo es entonces elocuente.

Digo contacto físico pues eso es algo muy importante. El parto es para el niño, mucho más que para la madre, un choque físico terrible. Su epidermis ultrasensible siente la separación y el contacto del aire como el primer sufrimiento intolerable. Si este sufrimiento no llega a serle aceptable pronto por el amor inteligente de la madre, su cuerpo conservará siempre una sensación de falta y de frustración que jamás será colmada, y cuyo origen, naturalmente es inconsciente. Ocurre lo mismo si la unión física con la madre (contacto, caricias, amamantamiento) ha sido interrumpido bruscamente. Cierta evolución sensual se ha detenido y se fija en esta edad de algunos meses. Tanto sensorial como emocionalmente, un adulto puede conservar hasta la muerte la edad de dos años. Treinta o cincuenta años más tarde, su cuerpo reclama siempre las sensaciones que le han sido rehusadas en otro tiempo.

De una parte, se concibe su vida sexual esté profundamente marcada y, de otra parte, que no le sea posible sobrepasar la conciencia limitada por el cuerpo, por la forma física, más que como una reacción, y, por ello mismo de una manera que nunca podrá ser durable. Pero sobrepasar el «cuerpo mortal» es la meta de la Vía. La humanidad Occidental está actualmente limitada en el plano material o físico de modo completamente anormal.

Ahora, voy a anunciar solemnemente la mayor verdad del ser humano, verdad que no por ser evidente es menos ignorada y ridiculizada: La humanidad se divide en dos sexos, los hombres y las mujeres. Los hombres son hombres, las mujeres son mujeres; los hombres no son mujeres y las mujeres no son hombres. Las reivindicaciones feministas consisten, por otra parte, en pedir para las mujeres el derecho de ser caricatura de los hombres y no el derecho de ser mujeres integrales. Simbólicamente, la mujer ha sido asociada al agua, el hombre al fuego: ¿puede hablarse de derechos del agua en igualdad con el fuego? ¿O de la superioridad del fuego con el agua?

Una mujer verdaderamente mujer será superior a un hombre que no sea verdaderamente un hombre.

La emancipación de la mujer - para emplear una expresión de moda- se inscribe muy a menudo en violación de las leyes universales. La mujer conserva su naturaleza, que no sabría cambiar, y le impone un conjunto de condicionamientos adornados con el nombre de «libertad». Es ella misma y otra a la vez condenada al conflicto y, por ello mismo, al sufrimiento que no hará más que volver cada vez. Pero lo que no se ve es que son los hombres, en primer lugar los que han dejado de ser hombres. La sociedad moderna, llamada de consumo, ha hecho que los hombres pierdan su virilidad. Ningún hombre debería sorprenderse si actualmente las mujeres ya no aceptan su lugar de mujer. Todo hombre debería ser un guerrero realmente comprometido en un combate. No hablo de la carnicería de las trincheras o de los bombardeos a las poblaciones civiles. Recuerdo aquí un texto búdico: «Nosotros combatimos por la alta sabiduría y por la virtud perfecta: por eso nos llamamos guerreros». Que los hombres sean hombres y que las mujeres sean mujeres. Pero también este determinismo y esta polarización fundamental pueden ser trascendidos. Todas las enseñanzas tradicionales afirman que el Sabio - hombre y mujer- une en el las dos naturalezas, masculina y femenina.

Se lo quiera o no el hombre y la mujer son diferentes y complementarios, y ninguna reivindicación femenina de igualdad o de emancipación borrará el hecho de que el macho está provisto de un pene y la mujer de una vagina. Mucho antes que el psicoanálisis, las enseñanzas hindúes han reconocido que la niña sentía la ausencia de pene como una inferioridad. En diferentes intensidades, todas las niñas han sentido un choque y se han desesperado constatando que les faltaba algo aparente, que no tenían nada que mostrar. (Los senos, que los hombres no tienen, no aparecen sino más tarde). Esta frustración se traduce, de manera general, en un deseo de poseer, es decir, en celos naturales, y en el hecho de hacer ver que poseen atributos físicos o bienes materiales. Cada caso es un asunto de grados. Empero, la mujer posee en estado latente (ovarios) los órganos que el hombre presenta en estado latente (testículos). Ambos, el hombre y la mujer, son el ser humano consagrados para la realización de la totalidad.

Físicamente el macho da y la hembra recibe. Si la mujer quiere poseer un pene no puede hacerlo más que por identificación con su hombre. En este sentido ella depende de él. Mentalmente, dar es ser macho, desear recibir es ser hembra. Este estado natural ha conducido a la mujer a la obediencia y a la sumisión y al hombre a la agresividad. El hombre se conduce en mujer en la medida en que pide. En la medida en que da, la mujer se comporta como hombre. Pero si la mujer quiere dar, necesita dar, su comportamiento es nuevamente femenino: pide, pide que se tome. Así mismo, el hombre que suplica a una mujer o que la persigue con manifestaciones de su virilidad se conduce no como macho sino como hembra.

Ambos se sienten incompletos. La naturaleza no produce dos más que para que lleguen a ser uno: la plenitud a la cual nada falta. Cuando dos se unen pueden crear. Físicamente, el hombre y la mujer pueden crear al niño.

Pero el hombre es también la mujer, la mujer es también el hombre. Virtualmente, todo el universo está [contenido] en el hombre, tanto como en la mujer. De manera general, el hombre no puede ser atraído hacia un objeto más que si él es ya y si es todavía potencialmente, pero que, de una manera u otra rehúsa a aceptarlo.

Lo que buscamos afuera está en nosotros creemos que eso nos falta. El macho busca la hembra exterior por que no la encuentra en él. Pero la potencialidad de la hembra está en cada hombre, la potencialidad del macho está en cada mujer.

La tradición hindú llama ardhnareshvara al ser realizado que ha unido en él las dos naturalezas. Considera que la mitad derecha del organismo es masculina y la mitad izquierda femenina. Eso corresponde a los nadis líneas de circulación de la energía, ida y pingala en el yoga. Es dentro de él que el yogui «une al hombre y a la mujer». He estado cerca de muchos de estos seres completos a menudo he tenido la ocasión de observar su plenitud. Una santa tendrá toda la dulzura, la sensibilidad, la intuición, la apertura a los valores primordiales que se atribuyen a la mujer, pero también la fuerza, el vigor intelectual, el dominio sobre el mundo exterior que se atribuye a los hombres. Un sabio es tanto una madre como un padre. El sabio no siente más la necesidad de dar y recibir. Ha alcanzado la unidad dentro de sí mismo y la unidad con el exterior. Es la unión de las dos naturalezas masculina y femenina dentro de él lo que ha creado al Sabio en vez de crear al niño.

El hombre o la mujer ordinarios -y aquel o aquella aún en la Vía- se sienten así mismos como parciales y, por ello débiles; siente que les falta algo. El camino de la mujer en él pasa por la mujer fuera de él. El camino del hombre en ella pasa por el hombre frente a ella. Tradicionalmente, el principio femenino es la potencialidad o la posibilidad, y el principio masculino la fuerza activa fecundante. La mujer necesita al hombre no sólo para procrear físicamente sino también espiritualmente, y para crecer interiormente. El hombre, a la inversa, necesita a la mujer para obrar, para pasar de la potencia al acto. Para él, entonces su compañera será Dalila, lo que lo esteriliza o lo destruye, o Beatriz, la inspiradora, sin quien no podrá realizar su misión. Hay tanto destinos de hombres degradados como magnificados por una mujer, y ese tema se encuentra en innumerables mitos de todas las culturas.

Una clave simple y eficaz para comprender nuestro mundo es considerarlo como el trastorno, la inversión, del orden legítimo de las cosas. «Satán es el mono de Dios» Unos de los sentidos de perfección de la Vía es que los hombres encarnan en ellos a la mujer y la mujer al hombre. Pero en la actualidad los hombres ya no son ni hombres ni mujeres, y la mujeres ni mujeres ni hombres.

Es el momento en el cual la sexualidad se vuelve una obsesión, ya no individual sino colectiva. Ya no se habla en efecto, más que de hacer la revolución o hacer el amor. El erotismo lo invade todo. Y voy a hablar de ello yo también, pero en una perspectiva que no tiene nada que ver con el mundo moderno.

«Hacer el amor». ¿Qué significa «hacer»? y ¿qué significa «amor»? «Hacer» implica un elevado nivel de conocimiento de sí mismo y de unidad interior. Son raros, muy raros en la actualidad los hombres que pueden «hacer».

El hacer tiene su fuente en la profundidad del ser y su expresión abarca la realidad total. Solo el Ser puede hacer no el yo arrebatado por los deseos, las emociones. El hacer da a cada acto el valor de un rito, y el acto sexual es un rito cuyas repercusiones van más allá del plano físico o burdo. Hay tantas calidades diferentes de acto sexual como hay niveles de ser.

Hacer el «amor». «Si no tengo Amor...» decía San Pablo. Esta misma palabra traduce los términos sánscritos moha (o incluso Kama) y también los términos griegos Eros y Agape, la posesión y la libertad. «Porque la amaba demasiado prefirió matarla a saberla en brazos de otro...». Claro, seguro que le decía «Te Amo».

El amor es el renunciamiento de sí mismo de aquel que sabe que no puede encontrarse más que perdiéndose. Entregarse es liberarse. El amor rompe la limitación de la individualidad o ego, del nombre y de la forma (nama y rupa) y nos reintegra a la Unidad. La unión sexual es el don total de sí mismo: consciente, inconsciente, supraconsciente, cuerpo físico, cuerpo sutil, cuerpo espiritual. Sin el Amor, el acto sexual no es más que la unión de los cuerpos físicos, sigue siendo un acto irrisorio, limitado, decepcionante, un intercambio mediocre de sensaciones genitales más o menos fuertes: masturbarse con la vagina de una chica o con el pene de su marido.

Hacer el amor es darse a sí mismo. Pero para poder darse hay que pertenecerse primero, hay que poder hacer «Te amo». ¿Quién ama a quién? ¿Un yo total unificado, o un yo parcial que no compromete más que una pequeña parte del ser?

Un ser que no puede darse a sí mismo podrá tener éxito en numerosas empresas, pero el fracaso en su vida sexual seguirá siendo la prueba de su fracaso espiritual, de sus conflictos y de sus temores. La sexualidad, de este modo, será una búsqueda del goce físico o una compensación, no la expresión de la libertad y del amor. Un ser puede darse si está seguro de sí, pero no puede hacerlo si inconscientemente, se siente inferior o si tiene miedo. Es cuando uno de los cónyuges sufre una dificultad sexual que el amor consciente de su pareja puede hacer el más hermoso milagro: hacer verdadero a un ser alienado. Pues a partir de ahí, y sólo a partir de ahí, comienza el progreso espiritual, el crecimiento interior. Amar no significa desear el cuerpo del otro sino comprender su esencia. El amor pide simplemente mucha inteligencia y mucha simpatía.

El acto sexual verdadero, el que tiene lugar en la Vía, es aquel que une completamente a dos seres en una ofrenda de sí mismo sin reserva, y no aquel que acopla a dos cuerpos físicos. Este don de sí, acto libre de un adulto, demasiado a menudo es confundido con un deseo regresivo o infantil de vuelta a la indiferenciación de la relación madre-niño. En ambos casos son sobrepasados el sentido de la separación y del encarcelamiento en los límites de la individualidad. Pero la diferencia es la que existe entre un Sabio y un niño. Aquel está consciente, despierto; este no. El amor es un acto consciente.

«El amor sin Amor» no es el amor. No se puede disociar la cuestión del acto sexual, la pareja, del Amor y el matrimonio.

Antes de abordar este dominio tan importante de la vida, quiero, no obstante hacer una observación. El amor del hombre y de la mujer es un asiento del que difícilmente puede hablarse sin malentendido. Como se lo experimenta sobre todo a través de las frustraciones, los miedos, las inhibiciones, los prejuicios y, en particular, del egoísmo de cada uno, es necesaria una larga maduración para considerarlo un adulto verdadero. En lenguaje de los amantes, «Te amo» significa «Ámame». El amor, incluso el gran amor, es el de dos egos limitados, definidos, individualizados pero que quieren sobrepasar sus límites.

Hay un acto sexual, fuera de la pareja y del matrimonio que tiene también su valor trascendente: en aquel en el cual ya no es el señor fulano de tal que se une a la señora o señorita fulana de tal, sino el hombre que se une a la mujer, sin actitud de posesión, sin referencia de tiempo. El principio masculino se une al principio femenino, el hombre ve en la mujer su pareja, la mujer ve en el hombre su pareja. En tales uniones pasajeras, hay una dimensión suprapersonal que también rompe la prisión del individualismo. Es el caso de los acoplamientos rituales en ciertas enseñanzas tántricas. Esta desindividualización se encuentra también en las uniones colectivas. Si les pantouses de varios llegan a estar o vuelven a estar poco a poco a la moda, es por el mecanismo inevitable de la compensación o de la reacción. Todos en la actualidad se ahogan tanto y cada vez más en la estrecha prisión de su ego, que se impone en la necesidad de un estallido, de una impersonalización. En la orgía colectiva no hay más ni yo ni tu, sino la energía vital espontánea expresándose sin el control de la mente ni referencia individual. Resulta de ello un sentimiento de amplitud y de trascendencia, de grandiosidad, que tiene también - no trato en absoluto de escandalizar- algo de religioso, de «numineux»

Claro, cada manifestación de la sexualidad debe ser apreciada en su contexto. Los actos de un hombre llevado por sus deseos y sus rechazos y los actos de un hombre comprometido en la Vía de la conciencia, según una enseñanza válida y verídica, jamás tendrán el mismo sentido. Algunos seres tienen una meta permanente y definitiva: el Despertar, la Realización Espiritual. Los demás son conducidos por emociones más a menos durables, por instintos y pulsiones.


El acto sexual puede ser, pues, disociado del matrimonio, sin por ello atraerse a la condena. Pero la Vía normal pasa por el amor durable entre un hombre y una mujer, por el amor conyugal. El amor es en sí mismo, un aspecto de la Vía: crecer juntos, progresar el uno por el otro. Desgraciadamente, el éxito en el amor conyugal es en la actualidad muy raro. Si esta realización es posible, no es probable. No todos los matrimonios fracasan, pero son muy pocos los que tienen un valor suprahumano y que hayan aportado todo lo que el hombre y la mujer esperaban.

No hay sexualidad perfecta sino en el amor perfecto, aquel al cual nada falta, aquel que nos compromete y nos anima totalmente, sin ninguna frustración o insatisfacción en cualquier plano que sea. La relación conyugal, la relación entre el esposo y la esposa es la más completa y la más rica.

Una mujer debería ser para su esposo todo lo que su esposo espera de la mujer. Un esposo debería ser para su esposa todo lo que su mujer espera de los hombres. La esposa debe ser a la vez amante, hermana, madre, hija, amiga, enfermera, socia y jueza ; y el esposo, amante, hermano, padre, hijo, amigo, enfermero, socio y juez. Todas las relaciones posibles entre un hombre y todas las mujeres, entre una mujer y todos los hombres, están reunidas - o deberían estarlo- en la pareja.

El mejor criterio para saber si se ama y se puede casar válidamente es preguntarse honestamente si se cumple estas condiciones. De lo contrario, de algún modo el hombre guardará en él la nostalgia de la amante apasionada, que posee los atributos eróticos que, subjetiva e íntimamente, le atraen más; la nostalgia de la mujer-camarada con quien puede ser cómplice, y hablar, reir, compartir; de la mujer-madre que sabe servir, reconfortar, consolar, tranquilizar; de la mujer hija a quien puede proteger, guiar, enseñar, a quien puede descubrirle el mundo y sus riquezas; de la mujer hermana que comparte sus sueños, con quien tiene afinidades profundas, con quien hace parte de la misma familia, y que le da el afecto y la ternura apacible; de la mujer socia que comprende sus problemas profesionales, lo ayuda y comparte sus actividades, de la mujer que cura, venda y socorra; de la mujer en quien tiene confianza para ayudarlo a progresar, para ayudarle a verse como él es, para decirle lucidamente es así, o «No es así». Si falta una de esas mujeres en la suya, él la buscará conscientemente en otra parte, o bien la negará, reprimirá su pesar y la buscará inconscientemente en otra parte. Le reprochará a su esposa no ser esa mujer, y su entrega sexual jamás será perfecta. Y es exactamente así para la mujer respecto a su marido.

Parece que ninguna mujer y ningún hombre son lo bastante completos como para asumir todas estas tareas (dharma). De hecho un consorte las realizará mejor mientras más libre sea él de subjetividad y de su mente. El esposo y las esposas deben cumplir mutuamente estas diferentes funciones. Pero estas funciones deberían ser impersonales: la madre, hermana, hija. Mientras más inconscientemente espere el cónyuge cierta madre particular, hermana, hija, menos oportunidades habrá de que su espera sea satisfecha.

La ley del matrimonio es la ley general del ser y del tener: soy un marido, y no: «tengo una mujer». O aún: Soy su marido, y no: es mi esposa. Sólo los seres libres y adultos pueden obedecer estas leyes. Mientras «Te amo» signifique «Ámame», ningún matrimonio feliz y durable es posible. Una exigencia infantil está condenada a la decepción.

El esposo tiene el derecho de esperar que su mujer sea su esposa, la mujer tiene el derecho de esperar que su marido sea un esposo. Aquí interviene con particular virulencia el hecho dramático de que no vemos al otro tal como es en sí mismo, sino a través de nuestras fijaciones inconscientes y de nuestros prejuicios. ¿Quién verdaderamente es nuestra pareja? ¿Cuál es su verdad? ¿Dónde esta la apariencia y dónde la esencia? Todos esperan cierto marido o cierta mujer del cual llevan ya en sí mismos, inconscientemente, la imagen, como un director de teatro que quiere distribuir un rol en una obra. El personaje existe, hay que encontrar aquel o aquella que lo ejecute: un rol particular, no una función. La mente, las emociones, las proyecciones del inconsciente disfrutan mucho y surge la confusión extrema, ceguera, mentira y por supuesto, el sufrimiento. A menudo el hombre busca en la mujer la madre bendita de sus primeros meses cuyo recuerdo imperecedero permanece escondido en su corazón. O bien será atraído por aspectos de la existencia, de la totalidad del ser, que ha negado en él: un hombre austero pasará su tiempo a reprimir, aceptar, reprimir su extremo interés por las mujeres sensuales y lascivas. O aún se identificará directamente con la mujer por lo que es o lo que tiene y que él hubiera querido ser y tener: un hombre feo se sentirá hermoso por la belleza que se acuesta con él, un hombre que lamente no ejercer una profesión amará a una mujer que lo habrá logrado. Pero esta identificación es exactamente lo contrario de la unión o de la unidad (oneness) y la hace imposible por el velo o la pantalla que mantiene entre el amante y su amada.

Lo que acabo de decir para el hombre es naturalmente cierto para la mujer también. En regla general, la relación que el hijo a tenido con su madre y la hija con su padre ejerce una influencia preponderante. Muchos hombres buscan a su madre (y no a la madre) en las mujeres, muchas mujeres buscan a su padre en el hombre. Pero la mente es tan retorcida que puede encontrar en una mujer al padre que le ha faltado y que espera siempre el niño que él es al fondo de sí mismo. Por ejemplo, un hijo - incluso de un padre honorable y honrado- puede sentirse completamente huérfano y estar convencido de que jamás tuvo un padre que lo quiera sino sólo un padre para regañarlo o vejarlo. Tal vez conserve oculta y censurada por entero cortada de su mente de superficie, la imagen de un verdadero papá, de un buen papá que una vez lo alzó en sus brazos, o sobre sus hombres cuando era pequeñito. La función del padre es separar poco a poco al niño de las faldas de su madre y familiarizarlo con el mundo. El padre debe indicar no lo que hay que hacer sino cómo hacerlo, debe enseñarles a su hijo o a su hija y darles confianza en sí mismos. Cuando un padre así ha faltado, un hombre de treinta o aún cuarenta años, puede inconscientemente encontrarlo en la mujer que él ama si ésta ha triunfado en una profesión masculina (la medicina, por ejemplo), si es fuerte, tiene experiencia, gana dinero, puede introducirlo en un medio que él no conoce, que tiene los atributos del padre ideal. Por poco que esta mujer tenga también un sufrimiento o una debilidad que la haga vulnerable, este hombre se enamorará fácilmente de ella. Pues más perdido se sienta uno mismo (y como podría no sentirse así un hijo cuyo padre le ha fallado?) mayor será la necesidad de proteger a los demás.

Es así como el «amor», la «pasión» es casi siempre un mecanismo ciego, y «enamorarse» es no una elevación sino verdaderamente una caída. Hay que tener cuidado de no confundir el amor y la fascinación. La fascinación por lo demás recíproca y compartida, es una atracción que parece irresistible pero que no puede ser durable, pues está fundada sólo en la ignorancia y en los mecanismos inconscientes y mantiene todo el tiempo en el miedo. A esta fascinación se la llama («tamber remoureux»), literalmente «caer enamorado», igualmente amor, o gran amor, y es empero lo contrario, con la fascinación se mata y puede matarse uno mismo; con el amor se vive y se ayuda a vivir. Para la fascinación la separación es tortura, mientras que el amor crece en la ausencia.

La fascinación necesita decir «te amo»; el amor se muestra y lo prueba sin decirlo. La fascinación pregunta sin cesar: «¿me amas?». El amor ha hecho uno a quienes era dos. La fascinación sabe que la vida puede separar los cuerpos; el amor sabe que no puede dividirse el espíritu.

Y sobretodo, la fascinación exige del otro que corresponda a la imagen prefigurada que impone, y el amor ve al otro y lo acepta tal como es. Cualquiera puede fascinarse. Más para amar es necesario ya un nivel de ser elevado, un verdadero adulto, un conocimiento y un dominio de sí mismo que no vienen así nomás, muy al contrario.
La fascinación jamás dura. Conduce al sufrimiento, luego muere... hasta la próxima vez. Pero el amor crece y se enriquece sin cesar. Los esposos, dice la Biblia, «no son más que una sola alma y una sola carne».

Como expresión del amor verdadero, la vida sexual adquiere una nueva dimensión Sobrepasa el nivel estrictamente físico a la vez que asocia los cuerpos en una unión inmensamente más profunda y sutil, y se apoya a esta sexualidad para alcanzar una unidad cada vez más perfecta.

La gran enseñanza del acto sexual es que la unión física es un engaño. El plano físico implica formas separadas, y físicamente dos no pueden ser uno, cualquiera que sea la necesidad de sobrepasar esta forma, de hacerla desaparecer y de fusionarse con el otro. Sin embargo, es una ley de la naturaleza tratar siempre de neutralizar o borrar las distinciones que ella misma ha creado. En el acto sexual, el juego de tomar y dar es particularmente significativo. «Tómame». «Me doy a ti». Cada uno quiere darse y tomar al otro. Pero la unidad no existe más que ahí donde ya no se trata de tomar ni de dar, donde este doble movimiento ha sido neutralizado. Aún los cuerpos superiores son todavía formas, por muy sutiles que sean. Y «hacer el amor» es mucho más que lo que expresan estas palabras.

No se trata sólo del acoplamiento de los cuerpos físicos y de la unión de los planos sutiles del ser - aunque primero habría que aceptar la existencia de estos planos. El don de sí mismo recíproco ya es definitivo y perfecto y los cuerpos están invitados a participar. La iniciativa no viene del cuerpo. El sentimiento de no ser más que uno en dos, o dos en uno, se lo vive en toda su intensidad. Sólo el encuentro de las miradas lo materializa en el plano físico. Por lo demás, es sorprendente constatar que, en los acoplamientos ordinarios en los que cada uno permanece prisionero de cada uno en sí mismo, hay miedo de mirarse el uno al otro. El don mutuo se expresa en primer lugar por los ojos. Es entonces que se le da al cuerpo la libertad total de manifestar conscientemente. Ya no hay tiempo ni separación. El amante, la amante y el amor que los une son una trinidad perfecta, indisociable y pura como el estado de gracia que precede a la caída en la multiplicidad. Es, en el plano material, el gran sacramento metafísico del Adwafos-Vedanta: dos que no son más que uno. Sabemos que ya han empezado ha envejecer. Pero la verdadera unión de los cuerpos, de la cual hablan todas las Escrituras Sagradas, sobrepasa los cuerpos y conduce a la expansión de la consciencia liberada de los límites del cuerpo. Es la paradoja del Yoga: por el cuerpo más allá del cuerpo. Además puede hacerse muchas relaciones entre la intensificación de las funciones orgánicas en la hatayoga y en el acto sexual digno de dos seres humanos.

El acto sexual funda una parte de su valor y su importancia en el hecho de estar directamente ligado a la respiración. A partir del momento en que alguien está animado sexualmente, su respiración cambia y se vuelve rítmica. En la unión hay un ritmo, o mejor, varios ritmos respiratorios sucesivos que corresponden naturalmente a los ejercicios respiratorios del yoga, trayendo espontáneamente las modificaciones del nivel de la consciencia. Ambos pueden conducir a una ruptura de nivel, al rompimiento temporal de los límites del ego, y al samadhi, a la trascendencia.

La concentración de las energías físicas, emocional y mental se hace por sí mismas. Las funciones ordinarias, en particular el personaje superficial con que estamos identificados, se detienen provisionalmente. El hombre y la mujer están animados por la energía fundamental, la energía original, no aún diferenciada como energía física, emocional y mental. Es la vuelta a las transparencia, a la espontaneidad, a la verdad de antes de las deformaciones, de los traumatismos, y de los condicionamientos. Los amantes se reintegran a la realidad profunda esencial de su ser. En este sentido la unión sexual verdadera es una forma de meditación; determina un nivel de cambio de consciencia que va hasta la supresión momentánea del sentido del ego. (Una Upanishad ha llegado a decir que el Sabio vive en un orgasmo eterno). Entonces, y sólo entonces, nace el sentimiento de perfección y plenitud. Pero es preciso, justamente, que no sea el ego quien haga el amor sólo para satisfacer una necesidad de afirmación, de posesión, esclavitud o incluso simplemente, un deseo de placer o de sensaciones.

El acto sexual es una circunstancia privilegiada para el ejercicio de la actitud anterior justa frente a cualquier situación. Un ser humano está activamente en el camino espiritual cuando se siente Ser, cuando se siente animado por una potente energía de la cual él es el canal. En efecto, si sus polaridades se corresponden , la presencia mutua de un hombre y de una mujer les despierta un intenso sentimiento de ser. Es posible entonces comprender y vivir el verdadero hacer que es dejar de hacer. El sabio es el doer perfecto por que no hay en el doer individual. De igual modo los amantes dejan manifestarse a esta fuerza más vasta. más justa, más pura que sus egos respectivos.

En el transcurso de la existencia, lo importante es vivir siempre estrictamente en el instante, en el presente. Es muy difícil. Pero lo es un poco menos en la unión física. Por lo general en un acoplamiento ordinario, la actitud de la pareja es falseada por el recuerdo consciente de actos sexuales anteriores que vienen a predeterminar el acto en curso. Esta actitud se vicia también por la espera y la representación de los minutos siguientes. Cada gesto, en vez de ser perfectamente efectuado y sentido por sí mismo y en sí mismo, es ejecutado como la promesa y la preparación del gesto siguiente, un poco más íntimo. No se lo vive perfectamente, entonces, y todo lo que podría aportar se pierde. Cada uno trata impropiamente de hacer, hacer lo que podría permitirle a su pareja que lo satisfaga a él. En fin, ambos tratan de «perder la cabeza», es decir, liberarse de la estrechez de mente, hundiéndose en la infraconsciencia, en vez de vivir conscientemente una maravillosa revelación de libertad.

Este comportamiento es falso. La sabiduría es siempre la experiencia de la pura instantaneidad. Esta es posible en el amor viviendo el acto de unión y sus preliminares en la plenitud de cada instante, sin referencia a ninguna noción de tiempo.

El amante no posa su mano sobre la mano de la amante. La mano se posa como una evidencia y una certidumbre. Y se posa sin ser considerada como un preludio a absolutamente a nada, sin ninguna espera preconcebida. En vez de ser un acto mecánico y sin significación, cada gesto simple se reviste de una grandeza y una profundidad inmensa. El amor se vuelve realmente una participación y una meditación. Nada es buscado. Todo es recibido con una disponibilidad total a lo desconocido y a la novedad. El orgasmo que es generalmente considerado como un fin, como una consumación, se revela, al contrario, como un comienzo, una apertura sobre un estado interior de comunión y de contemplación, en el cual la consciencia se libera dl funcionamiento psicomental. En vez de aportarnos tristeza nos otorga la paz y la certidumbre que están en nosotros, que nosotros mismos somos.

En esta perspectiva ya no se trata de tomar sino de acoger. La relajación y la aceptación son totales, sin ninguna rigidez, ni ansiedad, sin ningún deseo de producir u obtener un resultado particular. El proceso sexual se desarrolla y se intensifica por sí mismo y los amantes se someten a él libremente. Ellos no hacen el amor: el amor se hace. También en esta perspectiva se comprender de que manera el deseo libidinoso y la codicia son, en efecto, faltas o «pecados», en oposición a la unión verdadera. Para los amantes juntos el amor es un abandono, una apertura, un brote interior del cual la abertura de la cavidad femenina y el brote del semen masculino son símbolos físicos sensibles. Mientras se trate de hacer, no puede hacerse más que lo que se concibe. Pero de lo que se trata de una realidad infinitamente más grande que nosotros y que somos incapaces de concebir. Sólo podemos recibirlas.

La unión sexual es un rito, en el sentido técnico del término. El rito se distingue de la simple ceremonia: un acto realizado conscientemente en el plano físico (o «burdo») produce efectos en el plano sutil o incluso trascendente. Pero esto lo han perdido de vista por completo nuestros contemporáneos quienes parecen tomar como norma y medida el reino actual de la materialidad. Pero aún si se olvida cada vez más no por ello el carácter sagrado del acto sexual le quita a éste su carácter de «misterio», en el sentido iniciático de la palabra. Considerar el amor sexual como una impulsión física es una profanación, y existen varios textos islámicos e hindúes: como orar durante la unión.

Se han establecido muchas relaciones entre las experiencias eróticas y las experiencias místicas. La misma palabra éxtasis es a veces empleada para evitar cualquier confusión. Si la unión física puede ser el punto de partida de una realización espiritual, ocurre también que los transportes místicos no sean sino formas desviadas del más material y sensual de los erotismos.

La unión sexual sagrada se enriquece con la fidelidad. Uno puede considerar que tal mujer o tal hombre es atrayente, pero nada más. Pero aquí la infidelidad es imposible, incluso en pensamiento. ¿Para qué cambiar aquello en lo cual no hay repetición ni monotonía? Cada unión es original, incomparablemente única. Cada unión es la primera, es una manifestación espontánea, fuera del tiempo, es la expresión de una comunión del sentimiento, intelecto, espíritu, cada vez más rico y profundo. El acto sexual es una improvisación espontánea de dos, como la de ciertos músicos orientales. La misma inspiración parece nacer al mismo tiempo en ambos. Los hindúes dicen que en la unión los amantes ya no se sienten como hombres ni las amantes como mujeres: es una sola consciencia la que borra las diferencias de los cuerpos.

En cuanto a la sexualidad femenina, la ciencia tradicional o esotérica confirma la distinción de la sensibilidad superficial, infantil, del clítoris y de la sensibilidad vaginal, profunda adulta. El orgasmo del clítoris puede incluso ser un obstáculo para el desarrollo pleno del ser integral de la mujer. Freud está en esto más cerca de la verdad que los investigadores norteamericanos. Ninguna medida científica dará cuenta del dominio suprafísico que es, empero el más importante.

Hay que ver que en la degeneración actual, la inversión de todas las verdades es llevada cada vez más lejos. Ha llegado a ser tal la nulidad de los amantes, que la inversión lírica, el himno de los cuerpos, ha dejado su lugar al ensayo laborioso de todas las posturas que nos muestran los libritos, rojos o blancos que vienen de Suecia o Dinamarca. No es sorprendente entonces que la necesidad de cambiar de pareja se vuelva cada vez más apremiante. Eso se llama -una vez más la caricatura- libertad sexual, independencia de los cónyuges, emancipación de la mujer. No es más que la opresión de la mente, la tiranía del egoísmo, la prisión interior. La mente que es el funcionamiento más falso y artificial, ha contaminado la última función que podía seguir siendo natural, espontánea, semejante a la alegría y a los juegos de los niños, camino de reintegración en la verdadera libertad primordial.

Mientras más avanza un hombre o una mujer en la escala de los niveles del Ser, más progresa su vida sexual. La sexualidad se enriquece con los otros aspectos de la Vía. Poco a poco, el acto sexual se acerca cada vez más a la perfección. Cuando esta perfección ha sido alcanzada el hombre y la mujer son libres de la sexualidad y están disponibles para los estados siguientes de la evolución. Lo que es perfecto está consumado. No se rehace una multiplicación que se prueba exacta. No se siente más necesidad de repetir lo que ha sido realizado, salvo la aspiración a descubrir nuevos planos, cada vez más sutiles de la realidad.

Ahora que he hecho justicia al acto sexual y que no podría acusárseme de puritanismo o de odio cristiano por la «carne», quisiera, no obstante, señalar aún un punto en este dominio en el cual el Occidente se equivoca actualmente por completo. En todas partes la cantidad a reemplazado a la calidad. Entre la represión y la anarquía, «la vía del medio» exige un mínimo de disciplina y de conciencia. En verdad, el acto sexual es un acto grave, precioso, que no debe efectuarse en cualquier sitio ni de cualquier manera. Todos los ordenes tradicionales (judaísmo, Islam, Hinduísmo,etc) han establecido reglas físicas, válidas para todos, que fijan cuándo y en qué condiciones la unión física de los esposos es lícita y legítima. En el plano exotérico, en el plano de la ley, es la aplicación de los principios que no son comprensibles más que a la luz del esoterismo.

Este libro no está consagrado a los problemas de la pareja sino a los caminos de la sabiduría, y es en esta perspectiva de la Vía que estoy considerando la relación del esposo y la esposa. Por lo demás es sólo en esta perspectiva que la unión de un hombre y una mujer puede tomar su verdadero sentido, ayudándose mutuamente a progresar. Es una obra de dos que duran toda la vida y que incluso puede proseguir a través de las encarnaciones sucesivas. Aparte de la relación del gurú al chella (discípulo), del maestro al discípulo, ninguna relación humana es tan sagrada como la del esposo con la esposa cuando es considerada como una vía no-egoista hacia la perfección: no ser más un hombre sino el hombre, no una mujer sino la mujer, luego uno y otra llegar a ser el Hombre: Dios creo al Hombre a su imagen.

La mayoría de hombres y las mujeres que nos rodean no han tenido la oportunidad de ir hasta el fondo de su propia verdad, y no se conocen a sí mismos. La mayoría también enmascara con sus empresas, sus actividades, sus éxitos, un inmenso desampara oculto, reprimido que, a veces en un recodo de la vida alrededor de los cuarenta años estalla en neurosis. Pero, por lo general, se manifiesta de manera desviada e insidiosa: uno bebe demasiado, otro fuma demasiado, una tiene demasiada necesidad de mirarse en el espejo, la otra demasiada necesidad de ser mirada por los hombres. Cristo trató a los fariseos de sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre. Cuántos conflictos, desconcierto, miedos, cobardías, cuánta agresividad, rebelión, angustia, cuántos llamados de socorro se esconden detrás del personaje que desempeñamos ante nuestros propios ojos y ante la sociedad. «Todas las criaturas aspiran a la felicidad» ha dicho Buda «que tu compasión se extienda entonces sobre todas ellas». Buda ha sido llamado el gran médico. La Vía es un inmenso hospital donde se encuentran aquellos que han reconocido y aceptado que están enfermos. Su enfermedad es la del Ego, la del individualismo, que nos aprisiona en la dualidad de los deseos y los rechazos. Quien dice enfermedad dice también buena salud. La enfermedad es un funcionamiento inarmónico que se impone sobre la salud. La naturaleza, verdadera, primordial de todos, es la salud espiritual y la felicidad. Siendo tan orgullosos como somos deberíamos sentirnos horriblemente vejados de no ser perfectamente felices, pues eso significa que no somos nosotros mismos sino una caricatura.

Aquel que se ha comprometido con la Vía no quiere mentirse más. Ya no quiere transformar a los demás para evitar transformarse así mismo, para hacer de los demás lo que no logra hacer de sí mismo. Reconoce su nulidad y a la vez, está decidido a curarse cueste lo que cueste. Comprende que hay poco a poco profundamente en él situaciones, relaciones, campos de fuerza que no pueden expresarse libremente. Sus sueños, esperanzas, temores, proyectos, son reemplazos o compensaciones. No basta darse cuenta que uno no se conoce, querer conocerse para que eso sea fácil. Las represiones, las mentiras, las deformaciones se han vuelto parte de nosotros mismos. Impregnan nuestras células la unificación y la liberación son una empresa larga y dolorosa que exigen coraje, honestidad y una perseverancia sin falla.

El hombre y la mujer que se aman, que «Dios ha dado el uno a la otra», son aliados en esta tarea. «Para lo mejor y para lo peor» no concierne sólo a los sucesos exteriores sino también a las vicisitudes y los dramas interiores. Para lo mejor, es decir, cuando el otro, libre de emociones, se comporta como adulto consciente. Para lo peor: cuando el otro, arrebatado por su emoción no es una reacción mecánica. ¿Cuánta amor verdadero y cuánta comprensión de su propia condición son entonces necesarios para recordar que esta exigencia infantil, esta injusticia, esta cólera, esta vanidad no son la realidad esencial de aquel o aquella que está frente a nosotros. Quien se atrevería a juzgar a un enfermo cuya herida sangra o que es sofocada por la tos? Los esposos deben estar vigilantes no sólo para sí sino también para su pareja.

El matrimonio es la desnudez completa de una ante el otro: la desnudez en los cuerpos en la unión física es el signo de la desnudez de las almas. Los amantes desean la desnudez física total para que su unión sea perfecta. Ocurre lo mismo con la desnudez moral y mental. Los esposos no se esconden nada. Es cuestión de tiempo, de lugar y de circunstancia. Una mujer no se muestra desnuda a su marido mientras él estudia o escribe. Igualmente un esposo y una esposa tienen en cuenta las condiciones particulares de su cónyuge para desnudarse psicológicamente. Sólo el Sabio es perfectamente neutro. Todos tienen sus emociones latentes que pueden ser atizadas y sus heridas intimas pueden ser reavivadas por ciertos pensamientos, temores, deseos del ser amado. La comunión de la desnudeses morales tanto como la unión desnudeses físicas, es un intercambio corriente, no violación o agresión. No se puede respetar los sentimientos sin respetar los cuerpos.

Esta verdad total no es posible más que entre aquel y aquella que se aman. Es su privilegio. En muchas tradiciones la mujer no se muestra completamente más que a su marido: la musulmana se vela para salir, la hindú no suelta completamente sus cabellos más que para él. El pudor respecto a los extranjeros no es en absoluto incompatible con la perfección erótica en la intimidad. Al contrario, la plenitud sexual va de par con la castidad. La costumbre de reservar la visión de su cuerpo al esposo - y de la que se está lejos con los trajes de baño de dos piezas y los bikinis- no es la expresión de una servidumbre sino de un profundo conocimiento esotérico que el mundo moderno ha perdido por completo. Es el signo de un sacramento. Todo está tan lejos de nuestra actual posibilidad de comprensión que sería inútil extenderse sobre ello. Puesto que vemos las cosas de manera opuesta, no lo neguemos. Pero no condenemos un orden cuya significación se nos escapa y no descuidemos ninguna de las oportunidades que se nos da para profundizar nuestra comprensión.

Este descubrimiento de los esposos es la primera expresión del verdadero amor. Pero esto exigen una confianza total, fuera de la cual el matrimonio no es más que el acoplamiento de dos egoísmos o de dos fascinaciones. Si cada mundo inconsciente o una imagen particular de hombre y mujer igualmente inconsciente, puede haber fascinación maravillosa o trágica pero no amor. El amor comienza con el conocimiento del otro a través del conocimiento de sí mismo. Para amar hay que ser.

De todos modos, no se puede hacer trampa con su cónyuge. «Para nuestros criados no somos nobles». No hay gran hombre para su esposa ni mujer ideal para su marido. La única admiración posible, una vez desmentida el entusiasmo de la fascinación, es por el coraje y la sinceridad. Una pareja se respetará tanto más cuanto que cada uno verá en el otro la aceptación de la verdad y el combate consigo mismo para llegar a ser más fuerte y más libre. Las relaciones superficiales a nivel de la mente y del cuerpo impide que se manifieste una relación más profunda al nivel de las esencias. Si todas las funciones de un hombre y de una mujer (padre, hija, hermano, amiga, amante, socia) están implicadas en el amor, todos los niveles de sí mismo - y todas las contradicciones- están implicados también. Amo con «lo mejor» de mí, estoy fascinado con «lo peor» de mí. Cada uno de los cónyuges lo acepta para sí y para el otro. ¿Es un deber? No, es un derecho, el derecho de tener verdaderamente el dharma (ley, orden, armonía) de un esposo y de una esposa, luego, de ser y de devenir. Cada uno puede sentir entonces: «Soy para él», «Soy para ella» y no «él -o ella- es para mí». Eso exige una extrema vigilancia y a veces comprender su sentido y su alcance. Rechazo la emoción y la reacción porque revelan mi espera. Rechazo al otro. Un sufrimiento reprimido grita: «No, no» y reclama obstinadamente el gesto o las palabras que no vienen. A partir de ahí cualquier reacción es posible si la mente tiene la iniciativa de las operaciones. Cualquier reacción es posible, pero una sola acción es justa: el corazón del camino espiritual. Al aceptar mi emoción por encima de mí, reconociendo su fuerza de convicción, mi ser se disocia de mi mente. Es el comienza del verdadero «Soy». El verdadero Soy jamás pide. No el ego sino el yo verdadero lo que es la realidad, siente y comprende verdaderamente. Enraizado en mi profundidad y mi libertad, el ser libre y unificado es uno con el otro a quien tal vez sin palabras, sin gestos - el amor lo llama a esta paz que está siempre en nosotros, como el cielo azul está siempre más allá de las nubes negras.

Amando sin egoísmo, esforzándose por dar sin pedir, el esposo o la esposa no se sacrifican. Al contrario, se vuelven cada vez más libres. Mientras más renuncian a poseer al otro, más sienten que el otro es de él, que el otro es uno mismo. «El amor hecho de emociones y de reacciones inspira en la pareja las mismas emociones y reacciones. Pero el amor consciente atrae al amor verdadero. Nadie se engaña ni ignora al amor que ama sin debilidad, pero también sin condena.

Todo lo que acabo de decir sobre el amor entre los esposos representa la forma más justa entre la relación entre el hombre y la mujer. Pero rara vez se alcanza esta relación. Los fracasos, las dificultades pueden llegar a ser también una parte de la Vía, con la condición de vivirlos en la verdad y no en conflicto con la moral. Es en el dominio de la sexualidad que la moral inventa la mayor confusión.

Una de los aspectos del Adhyatma-Yoga más difíciles de comprender es su rechazo de los criterios morales y sociales y de la distinción del bien y el mal. No hay más que casos particulares. La cuestión no es: «¿Es bueno o malo?» sino «¿Es justo o falso?» La respuesta jamás es dada por la aplicación de principios o de prescripciones sino por la situación misma. Si se ve a todos los aspectos de una situación y se tiene en cuenta todos los hechos, aprehendidos de manera neutra, la justicia propia de cada situación aparece de por sí. como una respuesta que se impone por sí misma. Para volverse adulto, responsable, consciente, para encontrar nuestra dependencia en nosotros, no afuera, debemos eliminar las reglas morales y los juicios de valor que nos han sido impuestos desde afuera, y que se han grabado en nuestra mente. Estas concepciones nos son ajenas, y, por consiguiente, crean forzosamente la división en nosotros.

Claro, puede parecer que el rechazo de los principios morales deja el campo libre a las acciones licenciosas y a las satisfacciones egoístas incontroladas: «Yo hago lo que gusto y al diantre con los demás», lo cual sería, en efecto, exactamente lo contrario a la Vía.

Liberarse de la ley es la más alta decisión que puede tomar un ser humano. Pero eso no es posible más que para quienes han reconocido la autoridad de un maestro, que está ya completamente por encima de las leyes, pero que es también totalmente libre de su ego, enteramente impersonal. El maestro no dará esta enseñanza fuera de la moral más que dentro de la perspectiva del esoterismo, mejor dicho, jamás a cualquiera, sino exclusivamente a quienes ya no están movidos por sus impulsiones y sus intereses individuales. Sólo es digno de esta enseñanza el discípulo que ha mostrado su exigencia íntima de verdad y perfección y que está dispuesto a pagar cualquier precio para llegar a ser libre. Este discípulo todavía tiene deseos, aun tiene ego, pero también tiene una aspiración estable, profunda, sincera, por el verdadero conocimiento interior.

Para poder crecer es preciso ser realmente uno mismo y estar unificado. Si la verdad es que soy un demonio, sólo este demonio puede evolucionar, transformarse, volverse menos egoísta (lo que no evolucionará es la imagen ideal con la que mis padres o mis educadores me han enseñado a ocultar la verdad). Decirle «No mientas» a un mentiroso, o «quédate quieto» a un niño que está moviéndose todo el tiempo, crea inmediatamente a otro. Una doble personalidad (split personality) divide al niño entre «Yo miento» y «Yo no debo mentir». «Yo quiero moverme» y «Yo debo quedarme quieto» De nada sirve ordenar cuando la orden no puede ser cumplida. Al contrario, es muy grave. Hay que encontrar y suprimir la causa de la mentira o la causa de la agitación motriz. Es inútil humillar y desolar a un niño reprochándole todo el tiempo ser tan hablador, si es sólo a los cuarenta años y luego de semanas de lucha épica consigo mismo que comprenderá a qué profundidad y en qué sufrimiento está enraizada su necesidad de hablar y de ser escuchado.

No basta decir lo que hay que hacer y no hacer; hay que mostrar el camino hacia lo justo, el camino que me conducirá a mí mismo tal como yo soy y no tal como debería yo ser.

Los mandamientos religiosos y la ley, de los que proceden todas las reglas morales, incluso laicas, dan una descripción del hombre perfecto. El sabio, en efecto, no miente, no comete adulterio, no codicia. El honra a su padre y a su madre, pues es libre de toda reacción infantil inconsciente respecto a la imagen del padre, y la madre, realización que es muy rara. La verdadera religión, la única verdadera, es la vía hacia esta perfección y que comporta los medios de llegar a ella, es la enseñanza de la transformación personal. Entre quienes se dicen cristianos, ¿Quién puede poner en práctica los mandamientos, todos?, y por lo demás ¿quién los pone en práctica? No basta aferrarse a uno en detrimento a otros. Si yo no cometo adulterio pero compenso mi represión codiciando los bienes ajenos o juzgando a los demás, no estoy en la verdad.

La moral impuesta desde afuera, y que no es la expresión de nuestro nivel de ser nos mantiene en la dualidad y en el conflicto con nosotros mismos, en la ceguera y la mentira. El verdadero combate en nosotros está entre el deseo de satisfacer la dependencia, infantilismo, egoísmo y el deseo de llegar a ser adulto, libre, despierto. Hay madres que se consagran a actividades sociales desinteresadas y que son completamente egoístas, que imponen por todas partes sus prejuicios y sus preferencias. En la actualidad, la vida sentimental y sexual oscila entre la anarquía y la represión entre las impulsiones y las mentiras. El abismo es cada vez más profundo entre los vestigios de la moral y la practica cotidiana. El amor, no sólo ya no es una vía, sino que muy a menudo es una prisión, una batalla de reacciones. Sólo la verdad puede aportar un poco de luz a estas tinieblas y, sobre todo, a estos sufrimientos: jamás la mentira.
Esto es tanto más grave cuanto que el hombre y la mujer no son los únicos implicados sino también sus hijos, y que lo que hace más daño a los niños es que se dan cuenta de la mentira en los adultos.

«La vida separa a los que se aman» repiten las novelas, películas, canciones. No es la vida sino la mentira, el rechazo de la realidad, de las leyes universales que son inexorables. La felicidad conyugal está hecha de una reconciliación y de una armonización con el orden cósmico en el cual están insertos el hombre y la mujer. La nostalgia del amor único y eterno, la idea de que en algún sitio existe un hombre, o una mujer, que nos corresponde exactamente permanecen tenaces al fondo del corazón humano. Muchos amantes han creído de todo corazón que habían sido creados el uno para el otro. Algunos meses más tarde no queda más que la amargura, decepción y sufrimiento. ¿Qué mejor prueba de que vivimos en la mentira y en el sueño? El hombre y la mujer cambian de año en año, de minuto a minuto. Es que este cambio ¿les separa o les acerca?

Es un cambio que ¿se hace consciente o por la fuerza de las cosas? Quienes están de verdad comprometidos con la Vía se acercan a cierta meta que se ha llamado simbólicamente la cima de la montaña. Sus caminos convergen y no pueden sino comprenderse cada vez mejor.

Lo esencial es que haya alguien para amar, un ser unificado, cuyo sí sea sí y cuyo no sea no. No se puede amar a alguien si uno no se ama a sí mismo, y uno no puede amarse a sí mismo, si se está en conflicto consigo mismo, si se dice sí en la mañana y no en la tarde. El hombre moderno se encuentra en la situación trágica de tener que saber como funciona. Esto es tan aberrante como tener que conducir un coche en la Plaza la Concordia sin saber lo que es un desembrague, e inmediatamente más dramático. Ninguna de nuestras acciones tiene el sentido que les damos. Es ceguera. Un hombre o una mujer aman. Pero están sometidos por fuerzas que los manejan sin que lo sepan y que los llevan ahí donde no quieran ir.
Confrontando con tantos fracasos, desilusiones, sufrimientos, ¿Cómo puede el hombre contemporáneo soportar su vida sin conocimiento de sí mismo y sin conocer las leyes de la manifestación universal?

TALES DE MILETO



Vida y Anécdotas


A las afueras de la ciudad de Mileto, bajo el suave clima mediterráneo, un extraño personaje da un breve paseo contemplando el cielo, entregado a profundas reflexiones sobre las esferas celestes; intentando desentrañar su gran misterio y belleza. De él se dice diversas cosas, se lo acusa de ser uno de los más grandes sabios de su época, de poseer ascendencia fenicia, de predecir un eclipse, y de haber viajado a Oriente.

Este hombre a quien la posteridad denominará el primer filosofo en busca del Conocimiento realizará largos viajes y tendrá por maestros a sacerdotes egipcios y caldeos quienes lo iniciaran en el conocimiento de las cosas celestes y divinas.

Ahora contempla el cielo, de pronto siente un vacío, que le hace perder el equilibrio, como si alguien hubiera retirado el suelo de sus pies y cae en un pozo profundo. Quiere el destino que una muchacha tracia, graciosa y bella, que fuera testigo de la escena se burlará de Tales, ese es el nombre nuestro extraño personaje, diciéndole irónicamente: «Como pretendes conocer las cosas del cielo si ni siquiera te fijas en las que tienes junto a tus pies». Y es que el destino del hombre es (y sobre todo del filosofo) vivir entre el cielo y la tierra.

* * *


A Tales, como a todo filósofo, se le ha injuriado su pobreza, debido a la supuesta inutilidad de la filosofía. Entonces este filosofo decide dar una lección a estos necios. Y lleva a cabo una estrategia comercial, debido a sus conocimientos astronómicos, sabe como será la cosecha de aceitunas. Así, en invierno con el poco dinero que tiene toma mediante fianza todas las prensas de aceite de Mileto y de Quíos, arrendándolas por muy poco, pues no había competencia. Hasta que llega el momento en que todos buscan prensas, alquilándolas al precio que se le antojaba, ganando así mucho dinero, demostrando así que fácil resulta a los filósofos enriquecerse cuando quieren hacerlo.

* * *

Pero Tales no es un hombre con sed de riquezas, sino más bien con sed de conocimiento, y va en busca de él, Egipto parece ser el país idóneo pues la casta sacerdotal ha conservado mejor que ningún otro pueblo su pasado y por lo tanto su tradición y conocimientos. Y allí es instruido Tales. Muchos años después cuenta Jámblico, el viejo Tales exhortará al Joven Pitágoras a navegar hacia Egipto y a frecuentar lo más posible Memfis y en Dióspolis, a los sacerdotes de esos lugares.

Quizá fue en uno de esos viajes donde midió la altura de las pirámides de Egipto, midiendo la sombra de estas a la hora en que la suya solía ser igual a su cuerpo.

Pero ¿cuál es la sabiduría que posee Tales? En griego la palabra “sabio” se refiere a la destreza o habilidad en el ejercicio de alguna práctica artesanal y a la destreza propia del estadista o gobernante.
Doctrina y Textos:

Todo lo que sabemos de la doctrina de Tales, se sabe por obra de terceros, se cree que no dejó ningún escrito, excepto dice Simplicio la llamada: Astronomía Naútica.

Hemos seleccionado tres textos que hablan sobre Tales de Mileto, donde se señalan algunas de sus reflexiones:

Fragmento 23: «Se dice que el Milesio Tales, uno de los siete sabios, fue el primero que se abocó a la filosofía natural. Dijo que el agua es principio y fin de todo. A partir de ella, por reunión, se forman todas las cosas y, a la inversa, al disolverse, son llevadas nuevamente hacia ella» (Hipólito, I, 1,1)

Fragmento 18: «La mayoría de los que filosofaron por primera vez consideraron que los únicos principios de todas las cosas son de especie material. Aquello a partir de lo cual existen todas las cosas son de especie material. Aquello a partir de lo cual existen todas las cosas, lo primero a partir de lo cual se generan y el término en que se corrompen, permaneciendo la sustancia mientras cambian los accidentes, dicen que es el elemento y el principio de las cosas que existen; por esto consideran que nada se genera ni se corrompe, pues tal naturaleza se conserva siempre... Debe de haber, pues, alguna naturaleza única o múltiple a partir de la cual se generan las demás cosas, conservándose ella. No todos dicen lo mismo sobre el número y la especie de tal principio, sino que Tales, quien inició semejante filosofía, sostiene que es el agua (y por ello también manifestó que la tierra está sobre agua). Tal vez llegó a esta concepción tras observar que todas las cosas tienen un alimento húmedo y que el calor se produce y se mantiene en la humedad (ya que aquello a partir de lo cual se general las cosas es el principio de todas ellas). Por eso llegó a esta concepción y también porque todas las simientes son de naturaleza humedad y el agua es el principio natural de las cosas húmedas. Pero hay quienes consideran que los más antiguos, muy anteriores a la generación actual y primeros en reflexionar sobre los dioses, pensaron así la naturaleza e hicieron a Océano y Tetis padres de la generación.» (Aristóteles. Metafísica. I 3, 983b.)

Fragmento 21: «Tales prestó atención al aspecto generador, nutritivo, cohesionador y vivificante del agua.» (Simplicio, Física, 36, 10-11)

Como señalan estos textos se ha designado a Tales como el primero que se dedicó a la Filosofía Natural, quien por diversas razones arriba expuestas, señaló al agua como principio de todas las cosas. Pero cuando Aristóteles se refiere a «los más antiguos» parece ser que habla de Homero quien en la Ilíada XIV 201 se narra que Hera va a visitar, en los confines de la tierra, a: «Océano, génesis de los dioses, y a la madre Tetis»; en XIV, 246 menciona a «Océano, quien génesis para todas las cosas, las ha procreado».[1] Vemos así que la postura de Tales no es exclusivamente racional sino que también participa de él, el elemento mítico.

Fragmento 24: «Y algunos dicen que el alma está mezclada en el todo, de ahí también quizá que Tales haya pensado que todo está lleno de dioses»

Fragmento 27: «Tales sostuvo que la inteligencia del cosmos es dios, que el todo está animado y lleno de divinidades y que a través de la humedad elemental se difunde un fuerza divina que la mueve» (AECIO, I 7, 11)

Fragmento 28: «El milesio Tales, el primero que investigó estas cosas, dijo que el agua es principio y que dios es esa inteligencia que hace absolutamente todas las cosas a partir del agua» (CICERON, De. Nat. Deor. I 10, 25)

Fragmento 29: «Parece que Tales, según comentan, concibió al alma como algo que mueve, si realmente dijo que el imán tiene alma por que mueve al hierro» (Aristóteles., Del Alma, I 2, 405 a)[2]

Los fragmentos de Aristóteles dejan entrever la creencia en el alma y la divinidad por parte de Tales: «Todo esta lleno de dioses» y «el alma como algo que mueve». Mientras que Aecio y Cicerón, agregan una idea no señalada por Aristóteles, donde se identifican a Dios con la inteligencia que ha hecho todo a partir del agua.

Bueno ese es Tales uno de los Siete Sabios de Grecia, geómetra, estadista, astrónomo, discípulo de sacerdotes, viajero, y sobre todo filósofo en el verdadero sentido de la palabra: Fiel amante de la Sabiduría.
NOTAS:
[1] El presente capítulo sobre los Presocráticos ha sido elaborado tomando como base la obra de Conrado Eggers Lan y Victoria E. Juliá. Los filosofos presocráticos. Gredos. Madrid. 1981. pp. 61-82
[2] En “Cien Años de Soledad” Gabriel García Márquez, se sirve de esta idea cuando el gitano Melquíades, lleva por primera vez el imán a Macondo. «Las cosas tienen vida propia ¾pregonaba el gitano con áspero acento¾, todo es cuestión de despertarles el anima.»

23 de julio de 2008

Notas en torno a Johann Gottlieb Fichte


En el presente ensayo busco esbozar algunas ideas sobre la vida y el pensamiento filosófico de Johann Gottlieb Fichte (1762-1814). La figura de Fichte ha sido eclipsada por dos grandes representantes de la filosofía clásica alemana como son: Kant y Hegel. Por mucho tiempo el estudio de su filosofía, junto con la de Schelling, ha sido realizada únicamente como un estudio previo y necesario para comprender el transito de Kant a Hegel. El esquema clásico de interpretación del idealismo alemán es el siguiente: el idealismo subjetivo de Fitche habría sido corregido y complementado por el idealismo objetivo de Schelling; para ser unidos y superados por Hegel con su idealismo absoluto. Esta interpretación, no es del todo exacta, debido a «que ni Schelling, ni Hegel conocieron la mayoría de las obras del Fichte tardío, y a su vez Hegel no conoció las obras de Schelling tardío. En realidad cada uno de los tres representantes del idealismo alemán llegó a un resultado propio, que se distingue propiamente del resultado de los otros»[1]. A continuación presentamos un breve biografía de nuestro autor.

Johann Gottlieb Fichte nació el 19 de mayo de 1762 en Rammenau, en el seno de una familia pobre. Gracias al barón von Militz Fichte pudo estudiar en la Escuela de Pfortfa. El aristócrata quedó maravillado al oír que el joven muchacho repetía a la perfección un sermón al cual von Militz no había podido asistir, comprendió que se encontraba ante una excepcional inteligencia y decidió brindarle su ayuda. En 1780 Fichte se matriculó en la facultad de teología en Jena para luego estudiar en Leipzig. Fichte se ganó la vida dando clases particulares. En su juventud Fichte se adscribió a la filosofía determinista, un clérigo le recomendó una edición de la Ética de Spinoza con la refutación de Wolf para que abandonara su determinismo, pero la lectura de Spinoza produjo el efecto contrario. En 1790 el descubrimiento de la filosofía kantiana constituyó para él una autentica revelación y fuente de inspiración.

Fichte comprendió tan bien el pensamiento de Kant que estuvo en condiciones de escribir una obra titulada “Ensayo de una critica de toda revelación” en la que aplicaba a la perfección los principios del criticismo y que presento al miso Kant en Königsberg. El texto sería publicado en 1792 y atribuido a Kant en un inicio, quien luego daría conocer el nombre del joven autor. En 1794, Fichte es nombrado profesor en la Universidad de Jena, por recomendación de Goethe. A estos años pertenecen sus obras de mayor resonancia “Fundamentos de la doctrina de la ciencia” (1794), “Los discursos sobre la misión del docto” (1794); los Fundamentos del derecho natural (1796) y el Sistema de la doctrina moral (1798). Debido a su Ensayo sobre el fundamento de nuestra fe en un gobierno divino del mundo de 1798 recae sobre él una acusación de ateismo, situación que lo lleva a abandonar la Universidad de Jena en 1799.

Fichte se trasladó a Berlín donde trabó amistad con los románticos (Schlegel, Scheleiermacher, Tieck) dio clases particulares para ganarse el sustento. En 1805 fue llamado a la universidad de Erlangen, que abandonó después de la paz de Tilsit, ya que dicha ciudad fue perdida por Prusia.

A partir de 1805-1806 se acentúa al aspecto religioso en sus obras. Su activo compromiso cultural y político, así como el programa que trazó en los “Discursos al a nación alemana” de 1808, le concedieron nueva notoriedad. En 1810, al ser fundada la universidad de Berlín, el rey le llamó para que ocupase una plaza de catedrático, luego sería nombrado decano de la Facultad de Filosofía. Y entre 1811 y 1812 sería rector de la universidad. Murió en 1814.

* * *

Se podría sostener que Kant es el punto de partida de la filosofía fichteana y Fichte es el punto final de la filosofía kantiana. Inmediatamente después del descubrimiento de Kant, Fichte escribe: «Me he sumergido en la filosofía, es decir, en la filosofía de Kant. Allí he encontrado la medicina que cura de raíz mis desasosiegos, y adema una alegría inacabable... Ahora creo firmemente en la libertad del hombre y veo con claridad que el deber, la virtud y la moral en general, solo son posibles en el caso de que la presupongamos... Después de haber leído la Critica de la razón práctica, me parece vivir en otro mundo. Echa por tierra afirmaciones que creía irrefutables, demuestra tesis que creía indemostrables, como por ejemplo el concepto de libertad absoluta, de deber, etc.»[2]

Fichte parte de la revolución copernicana introducida por Kant en la filosofía del conocimiento. «He dicho desde siempre, y lo repito aquí, que mi sistema no es el kantiano. Esto quiere decir que contiene el mismo modo de ver el asunto. pero que es en su modo de proceder totalmente independiente de la exposición kantiana.”[3]

Pero Fichte estaba convencido de que la filosofía de Kant estaba inconclusa: «Tengo la plena convicción –afirma – que Kant se limitó a indicar cuál es la verdad, pero ni la expuso ni la demostró. [...] Hay sólo un hecho originario del espíritu humano que sirva para fundamentar toda la filosofía en sus partes, la teórica y la práctica. Kant lo sabe con certeza, pero no lo dijo en ningún lugar, quien lo descubra elevará la exposición de la filosofía al grado de ciencia»[4]. Agrega Fichte: «Kant posee la verdadera filosofía, pero solamente en sus resultados, no en los principios capaces de fundarla. Tiene un genio que le revela la verdad sin mostrarle las razones. Creo que dentro de unos años tendremos una filosofía que por su evidencia podrá competir con la geometría»[5]

Para Fichte, Kant proporcionó todos los datos para construir el sistema, pero no lo construyó. Fichte quiere elevar el rango de la filosofía a ciencia, para ello es necesario elaborar un filosofía cuyo punto de partida sea un principio absoluto e indeterminado, del cual se pueda ser deducido todo un sistema[6] de proposiciones coherentes; el objetivo principal que mueve a Fichte a elaborar dicho sistema es el fundamentar el conocimiento humano. La primera misión de la filosofía es establecer la «ciencia del conocimiento». Tal es la empresa que intentó Fichte en su obra Doctrina de la Ciencia, publicada en 1794.

Fichte explica en su Primera introducción a la teoría de la ciencia[7] que es necesario partir del análisis de nuestra propia conciencia. «Fíjate en ti mismo. Desvía tu mirada de todo lo que te rodea y dirígela a tu interior.» [8] Fichte sostiene todo hombre posee representaciones o “determinaciones inmediatas de la conciencia” Fichte distingue dos clases de representaciones: 1) representaciones acompañadas del sentimiento de libertad y 2) representaciones acompañadas del sentimiento de necesidad o experiencia. Con respecto al primer tipo de representaciones estas dependen de uno mismo, por ello el fundamento esta en nosotros mismos, pero con respecto al segundo tipo de representaciones que provienen del exterior y sólo se imponen a nuestra conciencia mediante la experiencia; es necesario que estas representaciones sean fundamentadas. Fichte sostiene que corresponde a «la filosofía ha de indicar el fundamento de toda experiencia.»[9]

El fundamento de la experiencia, no puede provenir de la misma experiencia, sino de algo que trascienda la experiencia. Por ello el filosofo debe analizar la experiencia y abstraer en ella sus dos elementos fundamentales que se encuentran unidos que son el pensar y lo pensado; que Fichte denomina “conciencia en sí” o la “cosa en sí”. Para Fiche el fundamento de la experiencia, se puede llevar a cabo desde dos sistemas opuestos que se excluyen entre sí, se puede intentar explicar la experiencia como un producto de la inteligencia en sí como hace el idealismo , o fundamentar la experiencia como en efecto de la cosa en sí, como hace el dogmatismo, que para Fichte conduce al materialismo y al determinismo.

Fichte señala la irrefutabilidad de ambos sistemas por su opuesto. La discusión entre ambos es imposible, pues parten de principios distintos. «Ninguno de estos dos sistemas [idealismo y dogmatismo] puede refutar directamente al opuesto, pues la discusión entre ellos es una discusión sobre el primer principio, que ya no puede deducirse de otro. Cada uno de los dos refuta el del otro, sólo con que se le conceda el suyo. Cada uno niega todo al opuesto, y no tienen absolutamente ningún punto en común, desde el cual pudieran entenderse el uno al otro y ponerse de acuerdo. Aun cuando parecen estar acordes sobre las palabras de una proposición, cada uno las toma en sentido distinto»[10].

Si hubiera la posibilidad de hablar de una pregunta cardinal en Fichte, creo que se formularia de la siguiente manera: «La discusión entre el idealista y el dogmático es propiamente ésta: si debe ser sacrificada a la independencia del yo la independencia de la cosa, o a la inversa, a la independencia de la cosa la del yo.»[11] Vemos como en Fichte dicha pregunta posee un carácter gnoseológico-ético, o la conciencia determina las cosas, o las cosas determinan a la conciencia, no sólo en el ámbito teórico o del conocimiento sino también en el campo práctico o de la moral, pero la respuesta que demos a esta interrogante trasciende el carácter ético y gnoseológico tiene un alcance ontológico, por ello señala que de ambos términos uno es independiente y primario mientras que el otro es dependiente y secundario: «Puede existir, sin duda, la representación de la independencia del yo, y la de la cosa, pero no la independencia del uno y de la otra juntamente. Sólo uno de los términos puede ser lo primero, lo inicial, lo independiente; aquello que es lo segundo viene a ser necesariamente, por ser lo segundo, dependiente de los primero , con que debe ser unido»[12].

¿Cómo responder a esta pregunta? Si la respuesta tiene que ver con la elección del principio que fundamentará nuestro sistema, y no es posible justificar esta elección mediante una demostración, pues toda demostración presupone un principio, pero un principio, si es tal, es indemostrable, ya que todo principio se fundamenta a sí mismo. Por ello, para Fichte, dicho problema no se resuelve en el ámbito teórico, sino en el ámbito práctico o moral. Para Fichte «el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es». Según Fichte el idealista opta por la libertad del espíritu frente a las cosas, mientras que el dogmático sacrifica la libertad del espíritu a las cosas.

El dogmatismo parte afirmando la existencia de una “cosa en sí” independiente de nuestra conciencia. Esta afirmación es indefendible según Fichte ya que todo objeto se halla siempre en relación a una conciencia. Por ello es la conciencia quien determina a las cosas y no al revés. Al afirmar el carácter primario de las cosas, el materialismo mecanicista, tendrá que explicar como a partir de las cosas surge la conciencia, lo cual para Fichte es imposible y además el resultado inminente de esta postura es el determinismo. Por ello el dogmático sacrifica la libertad del espíritu a las cosas.

Según Fichte el idealismo trascendental opta por fundamentar el sistema de la experiencia por la inteligencia en sí. La Doctrina de la Ciencia, se inicia con la intuición intelectual del Yo puro por parte del filósofo. Dicho acto debe ser realizado por la persona libremente. Para ello, nuestro yo individual debe reflexionar u observar nuestros pensamientos, darnos cuenta que así como existe lo pensado, que son las ideas o representaciones, existe como un hecho, para nosotros, un yo el cual es para sí mismo actividad pura, dicha actividad solo es observable mediante una intuición intelectual. «Este intuirse a sí mismo pedido al filósofo al llevar a cabo el acto mediante el cual surge para él el yo, lo llamo intuición intelectual. Es la conciencia inmediata de que actúo y de qué actuación. Es aquello mediante lo cual sé algo porque lo hago. Que hay semejante facultad de intuición intelectual, no puede demostrarse por medio de conceptos, ni lo ella sea sacarse de conceptos. Cada cual ha de encontrarla inmediatamente en sí mismo o nunca podrá conocerla.»[13]

En el idealismo trascendental «yo debo partir en mi pensar del yo puro y pensar éste como espontaneidad absoluta, no como determinado por las cosas, sino como determinante de las cosas. El concepto del actuar, que sólo se hace posible por medio de esta intuición intelectual del yo espontáneo, es el único que une los dos mundos que existen para nosotros, el sensible y el inteligible».[14] El yo puro no es un ente activo, es actividad pura.

Para Fichte la inteligencia actúa siguiendo leyes que le son necesarias, son éstas leyes inmanentes a la conciencia la que dan el carácter necesario a nuestras representaciones en el sistema de la experiencia. De este modo fundamenta la experiencia el idealismo trascendental. Para Fichte la realidad es producida por el Yo Puro de manera inconsciente, por el poder de imaginación productiva, es decir, el Yo Absoluto e incondicionado, que es actividad incesante, pone al No-Yo o naturaleza, como un obstáculo que el Yo finito tiene que superar ya sea en el ámbito del conocimiento o en el ámbito moral. El filósofo deberá aprehender mediante intuición intelectual el yo puro y reconstruir su actividad productiva en movimiento hacia la autoconciencia.

El yo puro de Fichte no es un ser finito e individual, sino una actividad infinita (mejor dicho ilimitada) que en sus últimos escritos Fichte identificará con Dios. Ante las críticas de sus opositores sobre la naturaleza individual del yo, Fichte sostiene, «su yo, en el sentido en que toman la palabra, es decir, su persona individual, es el fin último de su actuar; por ende, también el límite de su pensar claro. Ésta es para ellos la única sustancia verdadera y la razón un accidente de ella». En cambio para nuestra doctrina de la ciencia «es la razón lo único en sí y la individualidad es sólo accidental; la razón, fin, y la personalidad, medio; la personalidad, sólo un modo particular de expresar la razón, que tiene que perderse cada vez más en la forma universal de ésta. Solo la razón es para ella eterna; la individualidad debe perecer incesantemente.»[15]

Quisiera culminar el presente ensayo con la siguiente cita, que expresa el pensamiento de Fichte con respecto al destino del hombre: «El último fin del hombre es elevarse sobre todo propósito irracional, y perseverar libremente en la realización de su propia ley; último fin que es y será insuperable, mientras el hombre sea hombre y no se convierta en Dios. Es nota esencial del concepto hombre que su último fin sea inabordable, y el camino que a él conduce sea infinito.» [16] Para Fichte el fin del hombre es fundamentalmente moral, aspiración de perfección infinita que nos conduce hacia el infinito.

Mirko Díaz Sánchez.


[1] BRUGGER, Walter. Diccionario de Filosofía. Herder. Barcelona. 1986. p.
[2] REALE, Giovanni, ANTISERI, Darío. Historia del Pensamiento Filosófico y Científico. Tomo III. Herder. Barcelona.1999. p. 68.
[3] FICHTE, J. G. Introducción a la teoría de la ciencia. Sarpe, Madrid. 1984 p. 27.
[4] REALE, Giovanni, ANTISERI, Darío. Ob. Cit. p. 68-69.
[5] VERNEAUX, Roger. Historia de la Filosofía Moderna. Herder. Barcelona. 1999. p.208.
[6] Lukacs sostiene que «el problema del sistema nace en la era moderna, por ejemplo, con Descartes y Spinoza, y se convierte cada vez más, desde Leibnitz a Kant, en una exigencia metodológica consciente» (...) «la exigencia de que cada singular momento del sistema pueda ser generado por su principio fundamental y sea exactamente previsible y calculable sobre la base de este principio (Lukacs, 152-153) OCARIZ BRAÑA, Fernando. El marxismo. Teoría y práctica de una revolución. Ediciones Palabra. Madrid. España. 1975. p. 22
[7] Ensayo que fuera publicado en 1797, con la intención de exponer con más claridad los principios de su Doctrina de la Ciencia.
[8] Fichte, Ob. Cit, p. 28-29.
[9] Idem, p. 31
[10] Idem, p. 40.
[11] Idem, p. 43.
[12] Idem, p. 44
[13] Idem, p. 83
[14] Idem, p. 88
[15] Idem, p. 153.
[16] Fichte. J. G. El Destino del Sabio. Tor. Buenos Aires. s/a. p. 28.